martes, 19 de febrero de 2019

Scrums, tijeras y pedales

Esta es la historia de Felipe Omar Maldonado. Como a todos, le tocó vivir buenos y malos momentos en la vida, pero gracias a no bajar los brazos siempre consiguió salir adelante. En su historia se entrecruzan la inmensa familia que encontró en el rugby, su oficio de peluquero y la pasión por su bicicleta.

En lo diverso reside lo interesante y, la mayoría de las veces, lo especial y emotivo. Conocer a Felipe fue una de esas experiencias. Y todo comenzó con un corte de cabello.

Un jueves por la mañana, a eso de las 9, caminando por Av. Mitre inicié la búsqueda de una peluquería, solo con cierta referencia que me habían dado unos amigos. Continué con mi andar hasta calle Santiago del Estero, giré y comencé a buscar el local de corte. No conocía bien la zona, pero al poco tiempo noté lo concurrida que era, no sólo por peatones que iban hacia la avenida en búsqueda de la parada de colectivos, sino también por numerosos vehículos.

Pasé por una tienda de neumáticos, por ferreterías y negocios pequeños, tan típicos en Tucumán, y entonces en la vereda del frente vi, a poca distancia antes de la calle 12 de Octubre, un cartel de algo más de un metro, color oscuro, con una inscripción que decía “Corte masculino”, y justo centímetros debajo un signo “$”, pero en esta ocasión ninguna cifra se hacía presente, tan típico en nuestra economía actual. Me dirigí hasta allí y en un momento escuché una voz con un tono alto que en un principio era inteligible, pero que luego se volvió nítida: “Che Miguel acordáte que a eso de las 22 es el asado, no sé cómo querés que hagamos, vamos juntos o cómo hacemos”. Era la de un hombre saliendo del local, al parecer enviaba un mensaje de voz porque llevaba apretando la pantalla de su celular durante todo el aviso que dio. Trató de cerrar una puerta blanca de dos compartimentos detrás de él, pero desistió al ver que no podía asegurarla con facilidad y siguió su camino alejándose del lugar con la vista fija en el móvil (otra postal que se ha vuelto típica). 



Decidí observar el interior del local a través de la puerta entreabierta: una pared de dos colores, blanca en la parte superior y marrón en la inferior, asientos oscuros, seis en total y en uno de ellos, un señor de aproximadamente 60 años esperando que llegue su turno. El lugar: la peluquería “Felipe”, lo anunciaba un original cartel en la entrada del negocio. La habitación se completa con un estante color blanco con objetos dentro, un revistero que contiene varios ejemplares –infaltables en toda peluquería-, un mueble con seis compartimentos y sobre él toallas de varios colores, un reproductor DVD que se encuentra conectado a una televisión pequeña colocada en un soporte, un cepillo y un termo eléctrico con su respectiva caja. Junto al mueble, se ve un estante un poco más pequeño, que resalta por tener la maquina cortadora de cabello, talco y un rociador de agua. Al final de la habitación, un espejo acompañado de un estante en donde se ven las herramientas típicas de un peluquero, tijeras, peines de varios tamaños, navaja, una cortadora adicional y los distintos cepillos que posee, sin olvidarnos de los dos sillones especiales para aquel que quiera cortarse el cabello. El local es pequeño, sin embargo, todo en él abarca una vida entera y transmite una reconfortante nostalgia.

Con pantalones de jean azul marino y una remera azul con un estampado de una cruz, baja estatura, cabello en el largo justo y necesario y un físico que a simple vista demuestra el ejercicio de alguna actividad deportiva, se encontraba Felipe (o “Sapo”, como le dicen sus allegados, según pude saber después, por tener un cierto “parentesco” con el anfibio). “Bienvenido amigo” me dice cuando ingreso, “Esperá unos minutos, ya te atiendo”. Pasó poco más de media hora y, el señor que se acababa de parar del sillón se miró al espejo y conforme con el servicio preguntó “¿Cuánto te debo?”, a lo que Felipe le responde “Son $180”, sacó la billetera y le dejó $200, “No te preocupes, quédatelo”, asintió con la cabeza, saludó y se fue del local.

Entrada del local 
Llegó mi turno, me senté y le pedí que me rebaje un poco en los costados. Comenzamos a hablar, de a poco fuimos tomando confianza y entablamos una charla muy amena mientras él hacía su trabajo. Entonces me comentó cómo se inició en el oficio: “Al tener a mi abuelo que era peluquero, yo me acercaba todas las veces que podía a verlo a él y de paso porque de una u otra manera me gustaba lo relacionado a la peluquería, pero no fue hasta cuando tuve 14, que, cursando el segundo año de secundaria en la Escuela de Agricultura y Sacarotecnia, mi viejo (Pedro Maldonado) por obligación nos dijo tanto a mi hermano Walter, que era dos años mayor que yo, que teníamos que seguir algún estudio por aparte o buscar un oficio. Mi hermano se decantó por el inglés y mi padre al ver que estaba en duda me preguntó si no quería también seguir inglés… la verdad que no me gustaba, así que al final recordé cómo era el trabajo de mi abuelo convenciéndome a mí mismo que eso era lo que quería hacer. A las pocas semanas me informé de los cursos y me fui a la Sociedad de Peluqueros en la Santa Fe y Muñecas, allí hice los 3 años correspondientes, además de que mi abuelo me enseñaba y a mis 17 comencé cortando en una habitación de mi casa a mis amigos del club, de la secundaria y de a poco se fue sumando la gente de la cuadra, de más lejos, hasta que llegó el punto en que mi mamá (María Antonieta Nelegatti) me dijo que pare con los cortes, porque era mucha la gente que se acercaba y a ella le molestaba. Así que finalmente decidí ir a trabajar con Indarte, que era mi profesor en la Sociedad, a su local en la Mendoza y Laprida”.

Era la primera vez que sentía tanta confianza con un peluquero, así que seguí escuchando con atención todo lo que me contaba. Tomó un poco de agua, debido al calor que se hacía sentir. Dejó el vaso, se secó las manos y siguió cortándome el pelo. Estábamos cerca del final, de repente se acordó de su estadía en Estados Unidos y retomó la charla: “Seguí trabajando con Indarte y luego, cuando mi club hace un viaje al caribe, sacamos una visa laboral…”; sonó un teléfono, creí que era el mío en un principio pero luego Felipe se palpó uno de los bolsillos del pantalón, sacó el celular y atendió, era una llamada importante al parecer porque salió del local para hablar con la persona que estaba del otro lado. Me quedó la intriga del viaje que hizo y cuando nombró un “Club”, pensé, será de fútbol o algún otro deporte.

Repentinamente veo una sombra tapando la luz que se reflejaba en la puerta de entrada, era el “Sapo” que volvía. Dejó su celular y sin mediar palabras continuó hablándome: “Discúlpame, justo me llamó mi ex”, me manifestó. Creí que no se acordaría de lo que me estaba contando, pero rápido volvió en sintonía: “Con Gerardo del Río fue que decidimos irnos para allá, planificamos todo y tomamos viaje, el destino: Miami Beach. No siempre fue como lo muestran ahora, cuando llegamos se divisaban pocas edificaciones y no había tantas personas como las hay en la actualidad, lo que si encontrabas eran varios carteles que pedían gente para trabajar. Al segundo día ya instalados, empecé a cortar en una peluquería, en donde había varios peluqueros de diversas nacionalidades, hindúes, birmanos, coreanos y cómo no argentinos, dos en total. La mayoría de las personas querían cortarse con nosotros porque teníamos formación, esa era la principal diferencia con respecto a los demás. Así fueron pasando mis años en el exterior y cuando vuelvo a Tucumán pongo mi primera peluquería en la misma esquina de Piedras y Alberdi. Decidí colocarle el nombre de “Filipo” en honor a mi abuelo que compartió el mismo oficio que tengo. Allí…”. Cortó la conversación y me preguntó “¿Está bien así?”, refiriéndose al cabello; me tomó un poco por sorpresa debido al interés que tenía en su historia, por lo que levanto el dedo pulgar de mi mano derecha haciéndole saber que quedó bien. Honestamente, no quería interrumpir la conversación, pero era momento de pagarle.

En espera de mi padre y, al ver que no había entrado ningún cliente, decidí quedarme y esperar dentro del local. Le pregunté si no había inconvenientes y me contestó que no. Pasaron unos segundos y le recordé la charla en el punto donde hablaba de su retorno a Tucumán: “Ahhhh si (entre risas)”, reanudó su historia, “Allí estuve unos 16 años, en donde en un principio me favoreció mucho el sector donde se encontraba el local, ya que solamente estaba mi negocio y a dos cuadras otro lugar de corte, además del hospital Ángel C. Padilla que estaba cerca. La verdad que trabajaba muy bien, allí conocí a mi ex mujer (Soledad). Pero a medida que pasaron los años, comenzaron a instalarse nuevas peluquerías por la zona y eso a mí ya no me convenía, así que finalmente decidí trasladarme a una propiedad que había comprado, la cual estaba ubicada en San Juan al 1700. Una vez hecha la mudanza, abro el local, pero esta vez con mi nombre y con un agregado más, el de mí logo, que dice “Felipe”: ahí podés observar que tiene un dibujo de una tijera justo en la letra “P” acompañada de una pequeña cabeza con cabello. Y bueno, al final, luego de permanecer durante unos 8 años en ese sitio, viene mi separación y decido buscar un nuevo negocio que es en el que actualmente estoy ahora”, una bocina suena, levanto la vista y veo el auto, me buscaban. El me saludó muy amablemente diciéndome “Hasta la próxima”.

Cartel de la peluqueria

Una semana después, cuando regresábamos del centro con mi hermano, me comenta que tenía una reunión importante y debía cortarse el cabello. Inmediatamente me acordé de la peluquería de Felipe y decidimos ir para ahí ya que nos quedaba de camino. Bajamos del auto y nos acercamos al local, se encontraba abierto, entramos y, para fortuna de mi hermano, no había nadie: “Hola Felipe, ¿qué tal?”, le digo. Miró hacia la entrada y nos saludó a los dos muy cordialmente, “Ehhhh ¿cómo estás?, ¿es tu amigo?”, me preguntó. Le expliqué que era mi hermano y que necesitaba cortarse el cabello: “Ahhhh ya me parecía, con razón los encontraba parecidos. Sentáte, ya te atiendo”; tomó la bata, se la ajustó a la altura del cuello y comenzó a trabajar.

Inmediatamente se sintió en confianza con mi hermano y hablaron sobre deportes, deteniéndose en el rugby. Felipe mostraba un gran interés y conocimiento del mismo. Entonces le pregunté si estaba familiarizado con el rugby y me respondió: “Mirá”, al tiempo que me mostraba en su celular una foto en blanco y negro, y en ella varios chicos en fila vestidos para jugar al rugby. En la parte inferior de la foto una leyenda decía “Natación y Gimnasia, 5ta División – 1981”: “Desde muy chico jugué al rugby en Natación, llegué a jugar en la primera y salí campeón con mi club en el año 95, título que fue compartido con Tucumán Rugby”. La duda de nuestro primer encuentro acerca del club fue respondida. Al ver que ya estaba terminando con el corte de mi hermano, y movido por la curiosidad por saber cómo se conjugan dos actividades tan disímiles en la vida de una persona, resolví pedirle su número de teléfono. Me lo dio y quedé en hablarle al día siguiente. Muchas preguntas vinieron a mi mente en ese momento.


Lo llamé un día viernes. Sonó tres veces el tono y contestó: “Hola si, ¿quién habla?”, lo saludé y le recordé nuestra charla acerca de su etapa de rugbista; “Ohhhh si…  Mirá yo en estos momentos estoy haciendo unos trámites y se me complica hablarte, mañana voy por el club a eso de las 16 a encontrarme con un amigo, pero puedo llegarme un par de horas más temprano, ¿querés que nos veamos ahí?”, me preguntó. Acepté la invitación y nos despedimos.


Al día siguiente, cinco minutos antes de cumplirse las 14 horas, bajó de un taxi Felipe, me acerqué a él, nos saludamos y entramos para el club. Pasamos la entrada con un cartel que decía “Club Natación y Gimnasia”, seguimos avanzando y vimos las tribunas que se encuentran pegadas al verde césped del campo de juego.




Ahí nos detuvimos y me comentó: “Ésta es la cancha donde jugué varios partidos”. Nos acercamos a las tribunas, subimos unos escalones y noté que dejó de prestarme atención. Se dedicó a contemplar la vista y con un suspiro exclamó: “Se me cruzan varios sentimientos al estar en este lugar”. Nos sentamos en las tribunas y se me ocurrió preguntarle cómo fue que se inició, me miró y con una sonrisa de par en par habló: “Bueno el rugby fue mi primer amor, pero también jugué al básquet y al fútbol. Pero todo esto tiene un origen, tenemos que remontarnos a muchos años atrás, imagínate yo ahora tengo 53 y dentro de poco cumplo los 54 así que más o menos unos 46, cuando llegamos con mi familia a Tucumán. Nací en Necochea sur de Buenos Aires, esta localidad se encuentra pegada a la costa y mis padres también eran de ahí, en el caso de mi mamá, María Antonieta Nelegatti de Mar del Plata y mi papá, Pedro Maldonado, de Necochea. Por cuestiones de trabajo ambos deciden venir a San Miguel de Tucumán, él como empleado de casino y ella como docente. Una vez establecidos en el barrio Kennedy muy cerca del Modelo, comienzo a jugar al básquet en el “Club Deportivo Barrio Modelo”, además intercalaba con Central Norte para practicar fútbol. Un día mi padre, trabajando en el casino de la Avenida Sarmiento 677, conoce a un señor de apellido Auad que frecuentaba el club Natación y Gimnasia porque tenía a su hijo Rafael jugando ahí. Mi viejo, que jugó unos 5 años al rugby en Mar del Plata, se interesó de inmediato y nos mandó tanto a mí como a mi hermano Walter, no me gustaba, a decir verdad, era el fútbol o el básquet, de ahí no salía”.


Sorpresa mía al saber que además de él haber jugado el rugby, su padre también lo hizo. Nos paramos de la grada y se acercó a la baranda de contención que tiene la tribuna: “Estuve haciendo tres deportes a la vez durante varios años, pero ninguno con la importancia que había que darle, fue recién cuando terminé la primaria en el colegio Monserrat y empiezo la secundaria en la Escuela de Agricultura y Sacarotecnia, ahí fue cuando en mi curso me doy cuenta que tenía a varios compañeros practicando rugby, Alfredo Raschi, Racedo Aragón, Raúl Ochoa Díaz y varios más. Lo malo era que la mayoría de ellos jugaban en Lince o en Tarcos. Así que decido irme de Natación a Lince para estar con ellos, esto pasó cuando tenía 13 años”. Prosigue: “Ahí realizo mi parte fuerte rugbística y empiezo a hacerme notar como jugador, pero teníamos una deficiencia: no contábamos con entrenadores en varias divisiones, incluyendo la mía. Estuve dos temporadas allí hasta que el señor José “Pepe” Miguele, siendo entrenador de Natación, se acerca a conversar con nuestra división con el objetivo de disputar el torneo juvenil que se haría en Tarcos, al no tener alguien que nos dirija, él se hace cargo del equipo y decidimos aceptar jugar. Llegado el campeonato avanzamos hasta cuartos de final, en donde nos enfrentamos a Natación. Lo curioso era ver que “Pepe” era el encargado de ambos conjuntos, pese a eso jugamos con todas las ganas, pero al final perdimos. Siguen los partidos hasta que se da el definitivo, los dos que tenían la chance de alzarse con el trofeo eran Tucumán Rugby y Natación, éste último de la mano de Míguele logra ganar y coronarse. Observando los festejos de los chicos se me acerca “Pepe” y me dice “¿Por qué seguís jugando ahí? volvé a tu club”, le contesto que seguía porque tenía a todas mis amistades de la secundaria en Lince, a lo que me responde “Si todavía siguen sin entrenadores, tráelos a todos acá, van a ser bienvenidos” esas palabras se quedaron dando vueltas en mi cabeza, como así también en mis compañeros que habían escuchado lo último que dijo. Pasado un mes de no tener quién nos entrene, decido volver a Natación junto a varios chicos que compartíamos plantel en el conjunto linceño”.

Grandes momentos vividos en el club
Llegado este momento, le pregunté si quería tomar algo porque todavía faltaba más de una hora para encontrarse con su amigo: “Una agüita nomás o un jugo” responde. Me acerqué al sector del salón que tiene el club y adentro veo un bar a lo lejos; me dirigí al hombre que atiende y le pedí una botella de agua, me la entregó junto a un vaso, pagué y salí nuevamente hacia las tribunas. Felipe seguía apoyado en las barandas, le ofrecí un poco de agua y retomó su relato “Cuando llegué tenía como entrenador a Jorge y “Pitú” Perondi, pasó el primer año, Miguele me seguía hablando y observando, hasta que a los 18 años me hace debutar en la primera de mi club, allí me encontré un mundo diferente pese a que había chicos de mi edad o un año mayores, sentía que había una gran diferencia pero al final me acogieron como uno más del equipo. Duro en un principio porque no los conocía, pero de a poco fueron subiendo mis amigos de las otras divisiones y se formó un gran grupo”.

“En esa época arranca el auge del rugby en Tucumán, empieza a hacerse más vistoso y la gente se acercaba a ver los encuentros, además la sociedad veía al rugbista de manera distinta, no de mala manera sino más bien nos tomaban como gente muy caballerosa y con un poder adquisitivo mayor al normal, aunque en mi caso no lo era”, comenta entre risas. “Pruebo de volver a jugar al fútbol en Central Norte ya que recibí el llamado de Gutiérrez, que era presidente en ese entonces del club. Volvieron las dudas en mí, porque estaba entre el rugby o el fútbol, me bastó con solo hacer el primer entrenamiento para darme cuenta que lo mío era la pelota ovalada, no porque era malo, sino porque tenía a todos mis amigos en Natación y ellos se habían convertido en mi familia. En el club todo era a pulmón, no existían las cuotas sociales, me acuerdo de venir a pretemporadas en donde cortábamos el césped con un tractor prestado de la municipalidad, uno lo manejaba y los otros nos encargábamos de juntarlo, me llené de picaduras de hormigas, me ensucié bastante, pero como dije, éramos una Familia. Cuando llega el día de mi debut me encontraba muy nervioso, el capitán que en ese entonces era Julio Coria, decidió juntar a todos los que nos encontrábamos ese día para jugar y dice “Acá está el Sapo,  él es ahora el dueño del puesto, hay que cuidarlo, es uno más de la familia y nadie lo va a tocar”, me quedé sorprendido y hasta el día de hoy sigo recordando aquel momento que viví”.

Comenzó a sonar la canción Déjà Vu de Gustavo Cerati, no sabía bien de dónde provenía aquella música, entonces veo que saca del chaleco que llevaba puesto su celular, era una llamada; miró la pantalla y cortó: “Bahhh a éstos que tienen el número no identificado, directamente no los atiendo”, afirmó. Me pidió un segundo vaso de agua y se sentó por unos minutos a observar el móvil. “Gerardo me pasó unas fotos de cuando jugábamos, mirá”, me comenta. Observé la foto y vi a los mismos chicos de la foto que me había mostrado en la peluquería, con una diferencia, tenía color y, aunque no con claridad, se podían notar en las camisetas de cada joven dos líneas a la altura del pecho, una azul y una roja.

5ta Division de Natación y Gimnasia 
Felipe continuó su historia: “Pasan los años y a los 24, debido a un viaje que hace Natación al Caribe por la empresa Levi Tours, nos ofrecen una visa laboral por 10 años; la mayoría aceptamos y con Gerardo del Río decidimos probar suerte en los Estados Unidos. Tiempo después llegarían varios tucumanos a donde estábamos, Guillermo “Willy” Gil y varios chicos del ambiente del rugby. Allá, además de trabajar, salía a correr e iba al gimnasio, mantenía mi estado físico. Hasta que a los 27 a mi mamá le agarró una depresión por no tenerme a su lado, vuelvo a Tucumán pensando en regresar en un par de meses al país del norte, pero entre reencuentros con amigos, asados y varias cosas que recordaba de acá, decido quedarme”.

“Gracias a haber hecho ejercicio en el extranjero, vuelvo a Natación y noto un gran cambio, la organización era distinta, había divisiones que antes no teníamos como la pre intermedia, que antes llamábamos segunda. Empecé ahí junto a Perín Sastre y mi gran amigo Gabriel “Mocho” Palou, que era mi entrenador, él habló conmigo y me convenció de pelear el puesto para volver a primera. Pasó que a Daniel Agüero, que era de mi posición, lo expulsaran por un año y que los dos jugadores que eran cambios directos estuviesen lesionados, de no creer la verdad... Así que regreso a jugar en la primera y no desperdicié ni un minuto del momento por el que estaba pasando, sin dudas fue mi mejor etapa rugbística. Avanzando los años salimos campeones junto con Tucumán Rugby del torneo del ‘95 de la mano del “Mocho” Palou, al año siguiente volvemos a campeonar pero esta vez no pude disputar ningún juego por motivos de mi lesión en la rodilla derecha, fue rotura de ligamentos. Esto me relegó de las canchas por más de un año, la pasé fatal. Luego recuerdo hacerme atender con los doctores que tenía el seleccionado tucumano, Altobelli y Yocca, éste último me recomendó no operarme, “¿Cuánto más creés que vas a jugar?” me preguntó, “Sino, tengo una rodillera traída de Sudáfrica que te permitirá seguir jugando” terminó y así me decido a usar la rodillera hasta que me retiro a los 36 años”.      

Todavía sorprendido por lo que me contó, miré la hora, el reloj marcaba las 15:30 horas, sabía que dentro de unos minutos llegaría su amigo. En ese momento alcancé a ver una pequeña bicicleta en el juego de llaves que tenía colgando en la parte de atrás de su jean: “Sí, (jajaja) me gusta también la bicicleta”. Había creído que su historia acababa en el rugby, me equivoqué y con la misma intensidad que contaba sobre este deporte empezó a hablar sobre la bici: “Una vez retirado como jugador de rugby, al poco tiempo me llaman para dirigir en divisiones inferiores (14 y 18). Siempre digo que mis dos mayores logros fue el haber jugado en la primera de mi club y luego haber dirigido una camada de 80 jugadores que luego llegarían a la primera. Natación y Gimnasia es mi segundo hogar y familia, pero mi etapa dentro de él se terminó y mi vida siguió”.

“Ya desligado del club de manera definitiva me encontraba casado con Soledad (ex mujer) y con dos hijas, Solana y Delfina, empecé mi vida caótica, engordé bastante como lo hacen todos los casados (entre risas), llegando a pesar 120 kilos, lo que desmejoró mí salud. Un día quise atarme las zapatillas y no pude, ahí fue cuando hago un click en mi cabeza y a las 3 de la mañana agarro un pantalón corto y salgo en dirección al Parque Avellaneda. Caminé nomás porque correr me resultaba imposible, así fue pasando el tiempo y cada vez hacía más ejercicio, comencé a darme cuenta que el deporte me empezó a salvar, no solo en mi salud sino también cuando me separé y no tenía contención alguna. Empecé a hacer trekking con un grupo de amigos que a su vez hacían bicicleta, yo por tener esa chispa de curiosidad y porque me gusta hacer actividad física, me introduje en el mundo de las dos ruedas, me compré una diez puntos y poco a poco me puse al nivel de ellos. Se había convertido en mi segunda pasión después del rugby, generé tan buenas amistades que se volvieron una segunda familia para mí. Luego vinieron las competencias, 4 trasmontañas, 2 triatlones y varias maratones, más o menos unas diez, sigo pensando que este cuerpo puede dar aún más y por qué no seguir en este camino que me permitió pasar hermosos momentos”.



Con solo una mirada podía verse que dentro de él perviven los recuerdos de pasar momentos felices, de incertidumbre y difíciles, pero el deporte siempre lo acompañó a lo largo de los años. “El deporte fue mi salvación”, es la frase que describe en su totalidad cómo fue su vida. Se hicieron las 16 horas, sabía que llegaría su amigo, así que me despedí. Al alejarme, escuché un grito: “Ehhh ¿cuándo vas a volver a la peluquería?”, ambos nos reímos y cruzamos saludos con las manos a la distancia, hasta nuestro próximo encuentro.

Audiovisual: Scrums, tijeras y pedales